Navegar para descubrir el mar

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Por: Cristina Pascual Manzano

Septiembre 2015

Para mí hay dos cosas democráticamente hipnóticas: el fuego y el agua. Cualquiera puede pasarse las horas muertas suspendido en su visión, en sus cambios, colores, oscilaciones, chisporroteos espumosos o espumas chisporroteantes, buscando algo, una señal, una respuesta a los pensamientos vertidos en su centro.  Si el agua que miramos además constituye un océano, el efecto hipnótico es mayor y suele ir de la mano de nuestras más ondas reflexiones, ya sea observando una tormenta o la quietud de la mar en calma.

No obstante y a pesar de ésta disertación, mi relación con el mar hasta hace poco ha sido más platónica que apasionada. Habiendo nacido en una ciudad de interior, a unos 250 km de la costa más cercana, la playa, y por ende el mar, eran la promesa veraniega con la que soñábamos desde niños, un lujo, una ilusión.

“¡Ya huele a mar!” era el grito triunfal que mi familia y yo vociferábamos al acercarnos a la meta de aquellos viajes interminables que hacíamos los niños de la EGB. Pero imaginarnos en la playa era todo cuanto necesitábamos para soportar las 8 horas dentro de un Seat Málaga sin aire acondicionado ni dvd portátil que nos entretuviese. ¡Cómo nos gustaba sentir esa caricia húmeda y pegajosa que traía el océano al bajarnos del coche!

Con éstos antecedentes es fácil imaginar que lo más parecido a un barco que pisé en mi juventud fueron, a saber: “La Barca del Tío Catarro”, que en realidad era un bote de remos con el que el mismo Tío Catarro en persona paseaba a los niños de la ciudad por el lago artificial del parque; y las famosas barcas de pedales para turistas y domingueros tan extendidas en nuestra geografía costera.

Ya más crecidita, el destino, o quizás ese magnético mar, quiso que me instalase en Portugalete. Recién aterrizada descubrí con gran regocijo el bote que cruza de la margen derecha a la margen izquierda y buscaba cualquier excusa para subir en él, puesto que lo que para jarrilleros y getxotarras formaba parte de su vida cotidiana y no tenía (ni tiene) nada de especial, para mí constituyó todo un excitante hallazgo, una atracción turística a treinta céntimos.

Tras todas estas confesiones fácilmente podría pensarse aquello de: “que diantres hace una chica como tú escribiendo en un sitio como éste…”, pues ejemplifico a la perfecta marinera de agua dulce con mucha metafísica de panfleto pero nulo conocimiento del verdadero océano. Sólo quiero contar cómo mi relación con el mar está cambiando poco a poco y, afortunadamente,  hoy en día pasar de Portu a Las Arenas en bote ya no supone el culmen de la experiencia náutica para mí, porque una de las cosas más bonitas que he podido hacer en Bizkaia es montar en un velero.

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No me avergüenza confesar que la primera vez que subí al velero en cuestión me sentí como una niña. Atenta a todo y queriendo jugar con el entorno y la situación, cuando me dejaron manejar el timón imaginé ser Ahab atormentado por Moby-Dick, o Long John Silver tras el tesoro; inspeccioné el interior y pensé eso de… “que mono, estaría genial vivir aquí, como los polis americanos de las películas…”, y hasta me dejé llevar por la hortera que llevo dentro simulando un momento Titanic en la proa (que levante la mano el que no ha hecho semejante tontería o ha pensado en hacerla).

Pero referencias cinéfilas y literarias aparte, estoy segura de que cualquiera que pruebe esta experiencia se sentirá especial porque  la sensación de libertad y sorpresa nos alcanza a todos, pues de alguna forma misteriosa el mar consigue transformar a las personas que salen a su encuentro. Así lo creo porque en todas y cada una de las ocasiones que he navegado he descubierto en familiares y amigos un hermoso elenco de sensaciones asomando en su cara: tranquilidad, libertad, relajación, sorpresa, ilusión, silencio, gratitud, alegría, excitación… ¿os habéis dado cuenta de que todo son emociones positivas?

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Y luego ésta la sensación de plenitud que te embarga cuando llegas a casa. No estás triste porque se haya acabado el día, sino feliz por haberlo disfrutado y notando ese pinchazo que tienen las cosas que enganchan mucho y no te deja en paz hasta que repites.

Pero de todas las imágenes vividas yo me quedo con ésta:

Me siento apoyada en la barandilla con las piernas colgando fuera del barco, relajada como un pelele, simplemente dejándome llevar por el movimiento del barco y las olas, como si fuese  un baile. Cierro los ojos y dejo que todo me abrace: el viento en mi cara, el olor a sal, las voces lejanas de mis amigos, las gotas de agua que salpican… e intento no pensar en nada que no sea ese momento perfecto, dejándome llevar por éste bálsamo hipnótico que te arranca de la rutina.

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Esa es la magia del mar, de su abrumador espacio, la certeza de que en su poderosa inmensidad es tan grandioso que podría abarcar los sentimientos de todos los hombres del mundo, pasados, presentes y futuros. Quizás por eso desde niña, aunque desde la lejanía de una ciudad de secano, siempre me ha fascinado. Ahora que lo conozco sólo un poquito mejor no quiero dejar de descubrirlo.

Prueba la experiencia. Engancha.

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